“Al parecer , en lo que respecta a nuestros padres... la ignorancia es una bendición”
Por Daniel Avilés
Lucrecia Martel, directora de La Ciénaga y La Niña Santa decía, en una entrevista de televisión que vi hace algún tiempo que las películas que más le gustan son en las que, en lugar de divertirla y hacerla olvidar su vida por dos horas , no la hacen olvidarse de si misma. Por el contrario, son las películas que le hablan de alguna manera sobre ella, o en las que puede establecer una relación con su vida, las que más ha disfrutado.
Solo puedo estar de acuerdo. Son las historias en las que nos vemos, en las que vemos a quienes conocemos y en las que reconocemos algo de nosotros mismos, las que más se quedan en nuestra memoria y las que más disfrutamos... aunque el disfrute implique una cierta dosis de dolor, de impotencia, de ira o desconsuelo. Lejos del simple entretenimiento, el cine está ahí por muchas razones, entre esas la soledad, la memoria, la duda y la incapacidad de comunicarnos.
51 Birch St, es la dirección de una casa, la casa de Doug Block, la de sus padres, la de su infancia. Esa casa, empieza a ser desmantelada por una repentina mudanza. Su padre, al cabo de tres meses de viudez, decide venderla para vivir lejos, ahora acompañado de su nuevo amor, de la que fue su secretaria por 35 años.
Mientras las cajas de la mudanza se llenan y el espacio físico se queda vacío, el director realiza un acercamiento a los recuerdos de su familia, a los de su madre, su padre y sus hermanas: eso que los gringos llaman “rites of passage” o “closure”. El resultado de este ejercicio de memoria es una película sencilla, honesta y reveladora: cuando se trata de nuestros padres, ¿es bueno saber toda la verdad?
Cuánto de ellos está en nosotros, cuánto los conocemos. Al parecer, durante gran parte de nuestra vida, perdemos la noción de que más que padres son seres humanos: imperfectos, complejos y contradictorios. 51 Birch St, es la dirección de una casa, que en este caso es la casa de cualquiera de nosotros.
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