Roberto Aguilar
Los ‘checkpoints’ son los puestos de vigilancia del Ejército de Israel en los territorios palestinos ocupados. Están en todos los caminos y a la entrada de todas las ciudades. Para pasar, los civiles palestinos han de someterse a una minuciosa revisión y un escrupuloso interrogatorio a cargo de jovencísimos solados con el fusil bajo el brazo.
Ese enfermo viaja a Nablus, a recibir atención médica. Aquel joven viene de Jenin, trayendo jena para su novia, pues mañana es el día de su boda. Esos obreros van a trabajar en Ramalah, como todos los días. Esos niños regresan de un paseo por Jericó. Quizá ninguno de ellos consiga autorización para pasar. Si el soldado desconfía o tiene miedo, si los considera ejemplares de una raza inferior, si está de mal humor, tendrán que volver por donde vinieron. Tal vez solo los deje unos minutos esperando bajo la lluvia. Tal vez decida que los niños pueden pasar pero su madre no. Así de arbitrario. Pero también, con suerte, puede aparecer un soldado comprensivo, harto de tanta violencia y tanta mierda. O uno crédulo que coma cuento.
Los civiles alegan mientras los soldados deciden su suerte. En esos minutos cargados de tensión se condensan todos los sentimientos encontrados que caben en un conflicto: el desprecio y el miedo del otro, la solidaridad y la desconfianza, la duda y el tedio. Los enfrentamientos están a diario en la TV, explicados desde todas las posibles perspectivas.
Pero ese incesante y bullicioso bombardeo de información, análisis y debates, ilustrado con imágenes impactantes de cinco segundos de duración promedio, es incapaz de hacernos entender la verdadera naturaleza del conflicto como lo hace Yoav Shamir en esta película, con simplísima elocuencia. Basta con guardar silencio y dejar que hable la cámara. |