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La mirada del otro cine

La mirada del otro cine


por Leonardo Parrini

 

"Cada quien dice que lo que hace es importante. El economista dice que la economia es importante, el albañil dice que la albañilería es importante, el electricista dice que la electrónica es importante, el médico dice que la medicina es importante: queremos decir aquí que el cine es lo más importante de todo aquello" manifiesta provocativamente Manolo Sarmiento, Director del Sexto Festival Internacional de Cine Documental, EDOC, que se inauguró ayer en Quito.

 

¿Por qué el cine puede ser lo más importante? Simplemente porque la sentencia de Sarmiento sugiere que podemos vivir sin el médico de cabecera, quedar sin luz y los economistas pueden, una vez más, desbaratar la sociedad, mientras los albañiles pueden ser reemplazados por otros constructores, pero ¿qué sucede en un país sin cineastas?    

 

Lisa y llanamente en un país sin cine, puede que el cine se quede sin país. El cine autoral es la memoria de un colectivo, pero aquella memoria poética de la que habla Kundera para designar la misión y opción de evocar lo esencial en la vida de los grupos y los individuos. De allí que un país sin cine es un país amnésico en su esencia, donde todo acontece sin referentes pretéritos y sin referencias futuras, carente de esa vocación existencial que registre lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

 

Un país sin cine es un país sin mirada hacia sí mismo y hacia los demás. Un país sin cine es como una casa sin espejos y ventanas, dijo alguna vez Sebastián Cordero, y tiene razón. Sin el espejo donde vernos de cuerpo entero o escudriñar detalles de nuestra condición humana y social, sin la ventana por donde nos mira el mundo y desde la cual vemos el universo.  

 

El cineasta, como sujeto creador de imaginarios, productor de símbolos donde un colectivo se ve a si mismo, se convierte en esta sociedad de predominio visual en el homoviden poseedor de la sapiencia significante, vuelta la mirada hacia vivencias claves, en el ente del que no podemos prescindir. Solemos cambiar de médicos, economistas, electricistas o albañiles, pero no podemos cambiar de cineasta, por el simple hecho de que éste permanece ahí, mirándonos y viendo su entorno como una conciencia inmanente que ausculta, proyecta y transforma.

 

Eso se propone EDOC: mirar, proyectar y cambiar las condiciones de vida de un país falto de memorias, requerido de conciencias, urgido de revelaciones verdaderas. Doble responsabilidad a partir de que el documental es vida vivida y no tan solo ficción recreada.  Y lo hace desde un ángulo cuyo vértice se propone ser alternativo a los circuitos del cine espectáculo comercial y provocativo en la anchura y profundidad de su encuadre: el otro cine, es una perspectiva que nos permite mirar el revés de las cosas para ver otros aspectos de la realidad. ¿Cuales son estos?

 

El audiovisual, cine e Internet son el escenario de la cultura contemporánea, dice Sarmiento, allí donde se juega su extinción o supervivencia, la construcción de una democracia o la persistencias de sus simulacros. ¿Podemos cambiar el escenario audiovisual que se ha convertido en el "cementerio animado de un país en descomposición", como sentencia el Director del Festival? Ese es precisamente el desafío que se proponen los gestores del EDOC, trata de construir un audiovisual donde la mirada personal y crítica de los autores sea mayoritaria.

 

Destacamos de la cartelera del sexto EDOC algunas muestras significativas: los filmes ecuatorianos Alfaro vive carajo, del sueño al caos de Isabel Dávalos, Taromenani el extermino de los pueblos ocultos de Carlos Andrés Vera y El tren más difícil del mundo de Daniel Wiess, voces que asumen el riesgo de recontar la historia del Ecuador desde una perspectiva propia.   Y  las realizaciones internacionales Ciudad de fotógrafos del chileno Sebastián Moreno que nos trae una aproximación inédita del trabajo de fotógrafos que registraron escenas censuradas en los años de la dictadura pinochetista. El filme del Yanara Guayasamín Cuba, el valor de una utopía, primer documental ecuatoriano que forma parte de la selección oficial del Festival de Cine Documental de Ámsterdam.

 

Mención aparte asignamos al filme de Marcus Attila Vetter, Mi padre, el turco, que narra el reencuentro de un hijo con el padre luego de cuarenta años de permanencia en Alemania, pieza cinematográfica europea que inauguró el sexto festival EDOC en Quito en la sala Benalcazar. Una historia contada con una ternura de cabal autenticidad y la honestidad propia de un realizador con oficio y beneficio de un cine de planos íntimos y secuencias improvisadas, con rasgo documental y tono introspectivo, matizado por una temática musical de ancestros turcos que crea una atmósfera conmovedora, donde las vivencias evocadas se funden a las vicisitudes del encuentro del padre, Attila y sus hermanas en escenas construidas con sobria factura estética.

 

Una historia que es el raconto de una vida proyectada a través de un fílm que "perdura en la memoria y en el alma", por el hecho de ensayar una mirada desprejuiciada de la relación padre hijos, sin parricidios ni contemplaciones paternalistas, donde prima el afán de un encuentro familiar veraz, en el que conocerse y reconocerse iguales y distintos es imperativo, unidos por la ley de la sangre y una identificación parental que emerge como el paradigma donde atrincherar los sentimientos, en una sociedad post moderna donde pervivimos y resistimos solos en el mundo y, acaso, sin dioses.

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