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Un desafío para el Estado

Por Jorge Luis Serrano
Director Ejecutivo del Consejo Nacional de Cinematografía
 
La pregunta que se hacen varios periodistas en sus respectivos medios de comunicación, algunos centros académicos y sin duda también muchos espectadores es ¿por qué si al cine ecuatoriano le ha ido tan bien estos últimos años necesita apoyo del Estado ecuatoriano? Una respuesta posible, una de las tantas, nace de la misma pregunta: precisamente por eso, porque se trata de una actividad en franco crecimiento que ha estado liberada al desgobierno de su propia dinámica interna. Esto quiere decir que, para los directores y productores locales, a veces era posible realizar una nueva obra y muchas otras, la mayoría, resultaba imposible.

Hablando desde el circuito en el que las obras cinematográficas nacionales una vez terminadas pasan a competir con otras bien financiadas y provenientes de la gran industria, la importancia en la identificación de las fuerzas económicas en materia cinematográfica para un país está en que si deja que estas actúen por sí solas en el mercado se generan imperfecciones y asimetrías que conllevan impactos negativos en el bienestar tanto individual como social. Es por ello que los países tienen argumentos sólidos para corregir estas imperfecciones. Podríamos decir simplemente que Ecuador no va a inventar el agua tibia al señalar como necesaria una mayor presencia del Estado en la actual situación.

Con políticas de apoyo y fomento a la producción nacional se generan tres efectos decisivos sobre la sociedad: primero se corrigen esas imperfecciones, generando impactos positivos en el bienestar de los consumidores; segundo se abren espacios a la diversidad doméstica y tercero se estimula una actividad que una vez estabilizada puede ser muy rentable.

Pero, ¿por qué resulta tan difícil identificar positivamente la necesaria presencia del Estado en esta esfera? ¿Acaso su participación no es tan importante como en la construcción de carreteras o en el cuidado de la salud pública? Miremos un poco hacia el pasado.

La actividad cultural ecuatoriana vive, desde tiempos remotos, una delicada escisión entre el sector público y el privado. Pero a la inversa de lo que sucede en el mundo de la economía propiamente dicha, en la cultura lo privado no ha sido sinónimo de ferocidad capitalista y egoísmo, sino de triunfo colectivo y excelencia autosostenible.

La institucionalidad cultural ecuatoriana ha estado alejada de la realidad creativa porque muchas veces confundió gestión de proyectos personales con administración institucional. Y también porque los mecanismos de control y rendición de cuentas nunca han sido claros. Gracias a la gestión individual, sin embargo, somos parte del mundo de la producción de bienes simbólicos que representan las diversas maneras del ser local.

En palabras de Orlando Senna [1] el papel a ser ocupado en la esfera pública por los países en desarrollo dependerá fundamentalmente de su capacidad para abrir espacios de visibilidad para sus bienes simbólicos dado el carácter asimétrico de los procesos de circulación y de su producción en el ámbito internacional. En este sentido la lógica económica repite nuestra condición de dependencia ya que hoy desempeñamos el papel de simples consumidores. En este caso la asimetría de la globalización no genera tan solo desigualdades en la distribución de beneficios económicos. Más allá de agravar los desequilibrios históricos en los intercambios de comunicación, el acceso a la información profundiza nuestra exclusión política y cultural en las esferas públicas nacional e internacional.
A ese nivel, sólo una política clara de control y apoyo, de fomento y regulación puede generar un equilibrio sano y deseable a favor de nuestro desarrollo cultural integral.
 
 
[1] Secretario del Audiovisual del Ministerio de Cultura de Brasil.
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