Dos pasos antes de llegar a la televisión pública
Por Roberto Aguilar
A la agenda de debates sobre el proyecto de televisión pública que se acaba de instalar en el Ecuador hay que añadir un punto urgente. Por el momento, todo parece centrado en definir las características que habría de tener el canal que pretende crear el Estado. Rafael Correa dijo que la existencia de ese canal mejorará la calidad de la televisión ecuatoriana. Al oírlo, da la sensación de que no queda más que sentarse y diseñarlo a la medida de nuestros sueños. Sin embargo, no veo de qué manera un canal público conseguirá mejorar el nivel general de la televisión nacional si antes no se modifican algunas circunstancias que hacen de ésta lo que es. De la modificación de esas circunstancias depende no sólo la calidad de la televisión privada, sino la posibilidad de existencia de la pública. Por eso, no basta con discutir sobre el canal que queremos, sino sobre la manera de hacerlo posible.
El primer problema que se le presenta a la televisión pública es de risa: no hay frecuencias disponibles. Quiere ser pero no tiene dónde. Gamavisión, Teleamazonas, RTS, Ecuavisa, TC, Canal Uno: seis canales ocupan todo el espacio. Demasiados en comparación con el tamaño del mercado de la publicidad. Si el mercado se autorregulara en función de la oferta y la demanda, como dicen los místicos, en el Ecuador existirían no más de tres canales. ¿Por qué hay seis? Porque la mayoría no son, en rigor, empresas de comunicación, sino brazos mediáticos de empresas de otro tipo. En algún momento, los grandes grupos financieros del país descubrieron las ventajas políticas que otorga la propiedad de un canal de televisión, mejor si dos. Banquero que tiene un canal de televisión, prefiere tener otro en lugar de fortalecer al primero y es capaz de mantener a los dos al borde de la quiebra durante años mientras ello le permita jugar con estrategias regionales. Estos canales no dependen del mercado de la publicidad: son intereses políticos, bancarios y financieros los que los mantienen.
El Estado no puede entrar a competir en un mercado así, quiero decir, no debe. Hay mucho juego sucio y mucha impunidad en la televisión privada. En esas circunstancias, el canal público será como una oveja entre los lobos. Hasta las cosas más elementales y simples (conseguir una frecuencia, por ejemplo) se le volverán cuesta arriba. Por eso, lo primero es poner la casa en orden. Regular el uso de las frecuencias considerándolas como lo que son: bienes públicos estratégicos que no pueden estar al servicio de intereses privados. Y garantizar el juego limpio.
Hay un problema adicional que no tiene que ver con el uso de las frecuencias, sino con la formación de profesionales. Así como están las cosas en las universidades, no veo la manera de evitar que aquella “mediocridad e incompetencia” de la televisión privada que ha denunciado el Presidente, termine reproduciéndose también en la pública. No sé si esta situación tiene su origen en la transformación de las escuelas de periodismo en facultades de comunicación social o si viene de antes. El caso es que el sistema de formación profesional vigente –soy testigo de ello– fracasa estrepitosamente con casi cada pasante o egresado que llega a las redacciones. Algunos de ellos emprenderán el difícil camino de desaprender y empezar de nuevo. Otros, la mayoría, harán carrera como periodistas mediocres, incompetentes en materia de lenguaje, sin hábitos de lectura, especialistas en generalidades que resultan fácilmente embaucados por sus fuentes, profesionales faltos de imaginación por falta de referentes. O sea: como la mayoría de periodistas que vemos en la tele. Este problema, claro, no tiene solución sino a mediano plazo. Precisamente por ello es necesario considerarlo desde ya.
Lo que quiero decir con todo esto es que la televisión pública no podrá hacer mucho más de lo que ya hace la privada si no se toma la decisión política de atacar ciertos problemas fundamentales, patear el tablero y cambiar las fichas, exactamente como hizo el Gobierno con el Congreso y los partidos en sus tres primeros meses de gestión. El sueño de un canal estatal de calidad, público y no oficial, un canal que practique un periodismo honesto y sea capaz de incidir en la manera de hacer televisión en el país, es tan hermoso como realizable. Pero hasta los sueños más hermosos precisan de estrategias. |